Una explicación del título elegido podría ser ésta: los ángeles caídos también sugieren cosas muy buenas. Además, no olvidemos que son expertos en la insistencia publicitaria y en permanecer ocultos, camuflados en lo que parecen pensamientos propios [1].
El verbo "parecen" no está de más. En la práctica, salvo tentativas rematadamente malignas, resulta muy difícil distinguir sus sugerencias, de nuestras reflexiones. Aparentan ser razonamientos cabales y válidos, y su génesis es tan cercana al interior de nuestra alma, que les confiere el aspecto fiable, dulzón y cariñoso con que protegemos cuanto elaboramos.
Apoyar su origen humano en que son "indiferentes", como enuncia este capítulo, es, al menos, una ingenuidad. Se trata de una de las causas por las que, los que deciden siempre a solas, cometen tantos errores. Dicho de otro modo, conviene no fiarse demasiado del propio criterio; sobre todo si se desconocen algunos fundamentos de la oración mental.
Respecto a la habilidad de estas criaturas invisibles de sugerir razones que parecen buenas, será mejor describirla con un ejemplo cercano. "Prefiero no oír tanto su Voluntad", me decía un amigo psicólogo que empezaba a practicar la conversación con Dios hasta que la sustituyó por su costumbre enraizada de encender velas a los santos, muy respetable por otra parte. El problema, como el de otros muchos, se reducía a confundir las insinuaciones divinas con multitud de metas, buenas en apariencia, que comenzaban a ser demasiado abundantes para sus fuerzas. Y esto era debido al descuido continuo del recogimiento ya que, como veremos, sin esta preparación, cualquier espíritu malintencionado puede sugerirnos "lo bueno" hasta sobrecargar el alma y apartarnos del bien, sobre todo del formidable tesoro de la oración de diálogo.
Para tratar de impedir por completo este engaño, pondré solo otro ejemplo más. En el ejercicio de mi profesión, pude conocer a un licenciado en Bellas Artes con la carrera recién terminada y experto en restauración de escultura. Trabajaba en un museo de mi ciudad, en donde el contacto con tantas imágenes piadosas y sus devociones particulares, habían impulsado notablemente su religiosidad. En especial, le gustaban las obras de misericordia y no dudó en ayudarme, un día de la semana, a afeitar y lavar pies a los ancianos de un asilo cercano. Su piedad con los hombres se cimentaba en una sólida relación con Dios. Antes de conocernos, solía leer vidas de santos, asistir a misa y comulgar todos los días. Siempre se vio atraído por estas prácticas de sus padres.
De regreso de una de esas sesiones asistenciales, se interesó por el modo de imitar la oración de los grandes santos. Le contesté que procurara atender los consejos de Dios y distinguirlos de los propios pensamientos. Añadí que le vendría bien participar en un retiro espiritual de cierta exigencia: no menos de tres días, en silencio, y una larga charla con el sacerdote. Aceptó. Al darme cuenta de que no habíamos tratado acerca de cómo lograr certeza en la oración, me asaltaron dudas sobre su aprovechamiento. Fue entonces cuando decidí acudir al curso de retiro. Tras preguntarle por sus propósitos, me anunció satisfecho que el Señor le dijo que ayunase, y lo había conseguido durante los dos días. Todo le pareció perfecto salvo un inconveniente: el dolor de cabeza era tan intenso que le imposibilitaba concentrarse en su oración personal.
Es indudable que Dios habrá tenido en cuenta esa penitencia. Sin embargo, una práctica tan útil para el alma como privarse de ciertos alimentos, ejercida sin criterio, en un momento clave de examen interior y cambio de vida, había logrado colapsar el esfuerzo de tiempo y dinero que supone invertir tres jornadas completas a la oración. Muchas veces, estos errores insinuados en nuestro interior se aprovechan de pequeñas fisuras doctrinales, de un ingenuo concepto de lo que aprovecha más al alma, de la preferencia por lo que enciende el sentimiento. Quizá nos incite a incorporar cuantas prácticas devotas llenas de actividad externa seamos capaces de resistir a fin de que nos hartemos de ellas lo más rápidamente posible, casi siempre por asfixia espiritual. Tampoco importa que confieran cierta satisfacción subjetiva: pronto se volverá insípida y fácil de abandonar. Lo decisivo es alejarnos con tenacidad, como si de la peste se tratara, de aquello que rápidamente nos acercaría a Dios: advertir sus inspiraciones y secundar sus mociones, porque nos unirán a Él con fidelidad.
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1 "Los demonios no son capaces de infundir pensamientos causándolos interiormente, porque el uso de la facultad cogitativa es cosa de la voluntad. Sin embargo, se dice que el diablo enciende los pensamientos en cuanto que, por medio de la persuasión o excitando las pasiones, instiga a pensar o a desear lo pensado. Y este mismo encender es lo que el Damasceno llama sugerir debido a que tal operación se ejecuta interiormente" (S. TOMÁS DE A., S. Th., I, q. 111, a. 2, o. 2).
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